«La muerte de Venus», de Care Santos — Un asunto personal y un libro cojonudo

Hoy es Sant Jordi, el día del libro, el primero que nos ha tocado vivir en confinamiento. Por un lado es una tristeza no poder salir a ver paradas, conocer autores y regalar libros y rosas, pero por otro lado existe el hecho de que tengo más tiempo para leer. Veamos el lado bueno, como cantaban los Monty Python.

Me congratulo de que los últimos libros que he leído me han gustado mucho. Llevaba un tiempo eligiendo mal mis lecturas, pero he empezado una buena racha que espero que no se rompa. Escape from Samsara del británico Nicky Blue es desternillante, El hombre que saltó por la ventana y se largó de Jonas Jonasson es muy especial, Stardust y Coraline de Neil Gaiman son una delicia para mi imaginación, y respecto a La muerte de Venus, no esperaba gran cosa, pero me ha encantado.

Si creciste durante los años 80, 90 e incluso los 2000, seguramente hayas leído algo de esta autora. No en balde, es una de las escritoras más prolíficas de la literatura española y catalana de los últimos años. Sus obras se traducen a decenas de idiomas, es una maestra de la literatura juvenil, sin dejar de lado los libros para adultos, conquista a autores constantemente y a menudo se deja ver por ferias y presentaciones. Lástima que cuando la he tenido cerca yo estaba de exámenes. En fin, ya habrá otras oportunidades.

Raro es el lustro en el que Care no recibe un premio literario. Además, se la ve una mujer que vive para escribir y que tiene esa pizca de locura que caracteriza a los artistas. Una persona me chivó que en su boda se casó de rojo. No sé por qué, pero me encanta su actitud.

Yo mismo tengo un ejemplar de la limitada tirada de su novela Okupada, la cual es hilarante. Independientemente de tu opinión acerca del movimiento okupa, si la encuentras, no la rechaces.

No voy a hablar mucho acerca de la trama de La muerte de Venus porque no quiero estropear la experiencia, pero sé de buen a lid que esta entrada llegará a alguna que otra persona que ha leído el libro. De modo que, más que una reseña, esta es una justificación sin demanda de por qué lo considero un muy buen libro, así como una forma de hacer perdurar ciertos recuerdos.

Esta es una opinión subjetiva motivada por la grata sorpresa que me ha supuesto y por el detonante que me llevó a leerlo. Mejor dicho, la detonante. Una persona que, en mi opinión, le dio demasiada importancia a las lejanas similitudes que existen entre la trama de la novela y su vida personal. No son más que valoraciones exageradas, palabra de Sati (que soy yo).

Si vamos al final del libro, a los agradecimientos, la autora menciona a las dos personas, Javier y Mónica, de quienes tomó prestados sus nombres para bautizar a la pareja protagonista: un matrimonio que espera un bebé y se muda a una casa grande pero vieja que requiere muchas reformas.

Tiene gracia. Cuando lo empecé, me acordé de lo terrible que es sufrir una reforma e imploré a Júpiter que no se tratase de una novela sobre reformas. Que no fuese la última temporada de Aquí no hay quien viva hecha novela. Por suerte, la reforma solo es un punto de partida para que la historia empiece a rodar y aparezcan los fantasmas. Porque este es un libro de terror y hemos venido a ver fantasmas.

La cuestión es que, por las vueltas que da la vida, conocí a Javier y Mónica hace unos años. A día de hoy he perdido el contacto con ambos. No porque ocurriera algo malo, de hecho ocurrió algo muy necesario, pero la cuestión es que un suceso nos distanció. En cualquier caso, les deseo lo mejor a ambos, más en estos tiempos interesantes, y que su hija Mariona crezca sana, feliz y sin consecuencias por la covid-19.

Javier, tanto el real como el ficticio, es un hombre divorciado. Tiene descendencia con su primera esposa, pero no por ello ha perdido el contacto con sus primeros hijos. La personalidad de la primera esposa ficticia, Eva, nada tiene que ver con la de su igual de carne y hueso. Aparte, hay detalles, como personas con discapacidad, la edad y el sexo de los personajes, situaciones económicas, empleos y demás que separan ficción y realidad. Pero bueno, supongo que cada uno ve lo que quiere ver.

La hija mayor del Javier real, cuyo nombre permanecerá en el anonimato por respeto hacia su intimidad, fue quien me habló del libro y de lo difícil que le fue leerlo por su situación personal. Por un lado, la comprendo y siento que le fuese complicado disfrutar de este producto cultural. Por otra parte, estaría de acuerdo en que las semejanzas entre la vida y la ficción son muy pobres. O no, lo mismo ella se sale por la tangente, yo qué sé. No sé ella, pero yo sí sé algo sobre convertir personas reales en personajes muy diferenciados en una historia ficticia. Lo llevo haciendo en mis escritos muchos años.

Lo que quiero decir es que, después de conocer su historia familiar y de haber leído la novela, encuentro más diferencias que semejanzas entre una y otra. Mi intención no es incomodar a nadie, y si lo he hecho, pido disculpas a los mencionados. Eso sí, es gracias a la insistencia de esa detonante que me esperaba un libro calcado a la realidad y, por lo tanto, predecible. Afortunadamente, la trama avanza por senderos que nada tienen que ver y en mi opinión el resultado es una obra cojonuda.

A mi parecer, hay cuatro elementos que la convierten en una novela maravillosa: la nostalgia, la investigación, la antiprogresía y la exploración de otros géneros.

Empecemos por la nostalgia: Me ha traído muchos recuerdos de cuando iba a bachillerato, estudiaba latín y era un enamorado de la cultura grecorromana. La trama se sitúa en Mataró, ciudad natal de la escritora. En época romana, la ciudad catalana tenía el nombre de Iluro. Era una ciudad romana más y de esa época todavía quedan vestigios en la Mataró moderna. Cuando acabe la cuarentena, si vives cerca y no lo has hecho ya, te recomiendo que visites la ciudad. Tienes el Museo de Mataró, que no es un edificio muy grande pero sí muy interesante y, mejor todavía, la villa romana de Can Llauder.

Recuerdo que una vez me acerqué a visitarla y me uní por el morro a un grupo que había contratado una visita guiada. Si alguien del museo ve esto, perdón. No volverá a ocurrir.

Fue una visita de lo más amena, con dos guías vestidos de romano, muchas bromas y encima hizo buen día. Además, el museo era gratis, por las fiestas de la ciudad, si no recuerdo mal.

Me he tomado la molestia de buscar una foto de aquel día. Je, je. Qué pintas llevaba. He tenido que recortar a la chica de la foto. Así que ahí me tenéis, con un esclavo (soy el de la derecha, que os conozco).

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El libro me ha traído muchísimas reminiscencias de Mataró, de mi época de Fase 1 (ver esta entrada para entender a qué me refiero), de tiempos felices vistos en perspectiva, que es con lo que me tengo que quedar.

Ligado a este tema, está la cuestión de la investigación. Se nota que Care es una enamorada de la historia romana, o eso pude apreciar. La cantidad de nombres de personas, cargos, lugares, objetos, terminología clásica, acontecimientos históricos que aparecen es abrumadora. Gracias a la buena maña de la autora, su libro no se siente como una enciclopedia. Las referencias se utilizan para contar la historia, para complementarla, para que nos adentremos en el siglo I. Me sentí en tiempos del emperador Augusto leyendo este libro. Es maravilloso.

Aparte de los elementos romanos, está el tema de la creencia en fantasmas. El mundo de lo paranormal también es explorado en la novela. Hay personajes que creen en fantasmas, otros que se muestran escépticos y luego están los que afirman que todo eso no son más que cuentos de viejas. Todos los puntos de vista se exploran a través de los personajes y, de nuevo, la lista de fuentes que la autora consultó para confeccionar su hijo de papel es muy numerosa. Creas o no en fantasmas, te adentras en el tormento que supone que el hogar de tus sueños esté maldito. El tono realista ayuda a ponernos en los zapatos de Mónica y Javier. ¿Tú qué harías en su situación? Leerlo es fascinante.

Con el siguiente punto me voy a meter en camisa de once varas.

Como ya he comentado, el Javier ficticio tiene una exesposa. Eva tiene la custodia de los hijos. Es igual que una de esas mujeres que seguramente hayas conocido en la vida real. Utiliza el divorcio para achantar a su exmarido. Le prohíbe ver a los hijos, intenta lavarle el cerebro a estos, se victimiza en su condición de mujer, pone denuncias falsas contra su exmarido. En un país normal, Eva sería tachada de loca y encerrada como a Juana, puesta en terapia o se llegaría a alguna solución familiar justa. Pero por desgracia vivimos en un país donde la ley discrimina al hombre, la justicia no es ciega y las leyes están hechas para que los inocentes paguen mientras los acosadores y violadores reales reciben penas irrisorias. «Patriarcado», chillarán los borregos. ¡Y una mierda!

Soy consciente de que este es un tema peliagudo. Si esto llega a alguna mujer maltratada, una de verdad, que sepas que siento lo ocurrido y si lo que dices es verdad esto no va contra ti, y tu ex se merece el mismo destino que el que le habría dado yo a Eva, que es el que recibe Julia, la romana.

Este problema social se trata, de nuevo, con inteligencia. Javier no solo es inocente, es una víctima de maltrato psicológico. Es un hombre silenciado por la justicia, un señor desafortunado de haberse cruzado con una demente de la talla de las fundadoras de Infancia Libre, Juana Rivas o la precursora del movimiento MeToo Asia Argento.

Eva es una victimista que se aprovecha de unas leyes pensadas para víctimas reales para sacar todo el provecho posible sin pensar en el daño que les está haciendo a sus propios hijos y a toda la familia paterna de estos. Desconozco si esa era la intención de la autora, pero le ha quedado una novela antiprogre como la que más, al menos para los estándares actuales.

Vivimos tiempos en los que Morgan Freeman, Plácido Domingo, Woody Allen, Kevin Spacey y tantos otros han sido declarados inocentes de todos esos cargos falsos. Ni son casos aislados ni me he inventado nada. Y si eres feminista moderna o aliade, me suda la polla que la realidad no encaje con el relato de esas personas que dicen que hay que creer a la mujer sí o sí. ¿Os acordáis de Matar a un ruiseñor? Ellos no.

Por cierto, ese otro libro también lo escribió una mujer, Harper Lee. Parece que las primeras que están defendiendo a los hombres de las (insertar palabra que hace referencia al régimen alemán de 1933-1945) son mujeres. Ya sean abogadas como Yobana Carril, escritoras como Care Santos o filósofas como Ayn Rand, estas mujeres sí son necesarias. Gracias por dar voz a lo que la progresía pretende ocultar.

A lo mejor nos están agradeciendo que los precursores del feminismo, cuando aún buscaba la igualdad y tenía razón de ser, fueran hombres como John Stuart Mill o François Poullain de La Barre.

Es posible que una seguidora de la autora, o la propia Care, lea esto y me llame (palabra que empieza por F y acaba por «acha») por defender la igualdad ante la ley, la justicia ciega y que ningún delincuente por maltrato quede impune, independientemente de cuáles sean sus genitales. Adelante, dilo. A quien le gusta la censura es a vosotros.

Aclaro, por si lo dicho anteriormente no es suficiente, es una novela de ficción. Las mujeres como Eva existen, sí. Pero eso no quiere decir que la primera esposa del Javier real sea como Eva, en absoluto. Es una buena persona. Tiene sus cosillas, como todos, pero no es una hija de la gran puta. Digo esto porque también me veo venir algunos comentarios.

¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Bien, si no te has marchado a mentarme por ahí, vamos a por el último punto.

Esto no es solo una novela de terror. Tiene su parte de drama, su parte de ficción histórica y también su parte de novela romántica. Eso me lleva a reflexionar si la existencia de géneros novelísticos es una herramienta de las editoriales para clasificar los libros por temáticas pero que a los lectores híbridos nos debería traer sin cuidado el sistema de etiquetas. Es un buen tema para un debate. Tal vez lo lance algún día.

En fin, ya me he extendido mucho. La muerte de Venus es una muestra de lo que puede ofrecer la literatura contemporánea de nuestros autores más cercanos. No solo es un libro que he disfrutado como un enano, sino que me encantaría volver a leerlo, tal vez en compañía, frente a un público, o mientras recorro las calles de Marató en busca de los lugares citados en la novela.

Tiene un ritmo excelente, una narración deliciosa, te atrapa desde un primer momento, no se hace pesado y te lo recomiendo encarecidamente.

Gracias, Care. Y gracias a ti, por quedarte hasta el final.

Feliz Sant Jordi a todo el mundo.

Hasta otra entrada.

PD: Tú, hija mayor de Javier. Dos cositas. Primera: ¿A que el libro no era tan parecido a la realidad a fin de cuentas? Y segunda: Gracias por recomendármelo. Es cojonudo.

Fun fact: He escrito esta entrada escuchando Camela.

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