El problema de que tu protagonista sea una mierda seca

No hace muchos meses comenté sin ahondar mucho en el tema que consideraba un error que el protagonista de una obra sea un personaje despreciable, tenga una personalidad insulsa o lleve al lector o espectador por el camino de la amargura. Después de todo, no quería herir a una escritora que conozco. Y el hecho de que me confesara que quería que la recordaran como a ese personaje, tan vergonzoso y patético desde mi punto de vista, me hizo pensar que debería terminar de leerlo para llevarme una grata sorpresa, un giro radical que redimiera los fallos del principio, pero a día de hoy sigo sin estar interesado en ese libro ni en personas con una actitud chulesca para con su comportamiento inmaduro.

Soy consciente de que los humanos somos imperfectos. Es posible que mi posicionamiento sea algo brusco hacia esa escritora, y de hecho otro libro suyo que leí me pareció bastante bueno. Por lo tanto, no dije nada más. No quería hacerle daño, ni tampoco pretendía sacar lo mejor de una persona que me podría dar muchas lecciones de escritura creativa a mí, que soy un mindundi. En su lugar, redirigí la mirada hacia mis relatos y proyectos no lanzados, y de hecho mis protagonistas en la vida real merecerían todo el desprecio de sus semejantes. He tenido que ir corrigiendo ese error y crear personajes más interesantes con el tiempo.

Por ejemplo, mientras escribía una historia sobre el amor a distancia entre una treintañera con un novio que también le era infiel y un veinteañero virginal y asocial, mis frustraciones sobre los fracasos amorosos se veían reflejadas. Para más inri, Apolo, el veinteañero asocial y mi alter ego, era un personaje despreciable, inmaduro e irascible, entre otros defectos. Lo interesante fue que mi intención principal al crear un personaje con nombre de dios del amor, del cual no tenía ni idea, era criticarme a mí mismo y tratar de convencerme de que había cambiado a mejor. Craso error. Había mejorado un poco, pero de igual manera que cualquier país que ha vivido una dictadura represiva y, tras el fin de esta, una época de libertad y prosperidad, necesitaba un tiempo para estabilizarme, aclarar mis ideas y descubrir si de verdad había cambiado tanto.

El resultado no fue muy bueno. Perdí amistades, oportunidades, tuve broncas que se podrían haber evitado, y tardé bastante en saber qué quería. Y cuando supe y tuve lo que siempre había deseado, volví a caer reiteradamente. Al final, tras adoptar diversos cambios de actitud, creo que cuanto menos me parezca a mis primeros personajes, mejor.

Supongo que, ejerciendo de abogado del diablo, le puedo sacar algunas virtudes a Apolo. Por lo menos me ayudó a darme cuenta de que me estaba convirtiendo en él. Es más, estoy seguro de haberme encontrado con más Apolos por ahí.

Por eso, cada vez que me encuentro con un personaje despreciable, me distancio. Por supuesto, esto no quiere decir que esté en contra de villanos protagónicos, antihéroes o perdedores que aprenden algo o son ridiculizados a lo largo de la obra, en especial si es una comedia estúpida para pasar un rato ameno y punto. Mi problema está en los protagonistas de mierda con más ego que la mayoría de los influencers medios. Porque, llámame raro, pero no me gusta leer sobre un idiota al que se le premia por su estupidez.

Intentaré explicarlo: Imagínate por un momento que trabajas muchas horas, que tienes que desplazarte durante más de una hora en transporte público hasta tu lugar de trabajo y otra hora más para volver a casa, y al volver te toca hacerte de comer para el día siguiente. Sales de casa con sueño y vuelves a casa con mucho cansancio. Para entretenerte por el camino y deshacerte de algo de estrés, decides leer una novela, antes y después de encontrarte con un cliente que te hace perder tiempo y te desespera con su escaso sentido común, que quizá decida romper algo de tu lugar de trabajo porque le apetece, que fumará en un local o que hará retrasar un proyecto, pero que desde tu posición no puedes hacer nada para expulsar a esa persona del lugar, y a tus superiores les parece genial que esa persona de mierda esté allí, tocándote lo que no suena. O un compañero que no da un palo al agua y te toca cargar con más trabajo por su comportamiento rastrero. ¿Te gustaría que el protagonista de esa novela fuese ese cliente o compañero con encefalograma plano y maldad estúpida, que sus fechorías le saliesen bien y se le felicitara por ello? Que ese carterista protegido por el poder judicial, ese niño de papá que ha okupado tu casa durante las vacaciones, ese borracho que te ha reventado los retrovisores del coche, o esa mujer que te ha acusado en falso de varios delitos y que estará sobreprotegida por la política femiloca de turno y una asociación devoradora de tus impuestos vivan una historia ficticia, y te tenga que entretener y gustar me parece de enajenados mentales.

De manera similar al Apolo que fui, estos personajes bochornosos tienen sus contrapartes reales multiplicadas por decenas. Y por desgracia no somos Harry, el Sucio para darles su merecido a ladrones, asesinos y violadores o carteristas, okupas, alborotadores y perpetuadoras de crímenes morados. Solo somos puntitos en un mapa gigante. Puntitos con poco tiempo libre, el cual es más valioso que el oro, y que no deberíamos derrochar con historias cuyos protagonistas viven como reyes debiendo llegado a ser como mucho latas de comida para el doctor Lecter.

Después de estas muestras de lengua viperina, me gustaría acabar con una matización más sobre personas de la vida real que pueden servir de ejemplo para no crear personajes basura. ¿Alguna vez habéis conocido a esa clase de personas tan negativas que deberían tener la piel roja, como los números del banco? Bromas aparte, hablo de personas que tienen un problema para cada solución, una pega para queda regalo que reciben, una excusa para cada muestra de mal comportamiento, una sonrisa falsa para cada muestra de buena fe o diversión que se les presenta, y una cabeza de turco a quien culpar de cada una de sus estupideces. Si la conocéis, ni os acerquéis. Mi consejo es que cortéis toda relación cuanto antes. Y cuanto más miedo tengáis de perder a es apersona, más os urge alejaros. Porque son personas tóxicas. Son envidiosos que nunca han movido un dedo por nada, que valoran la mediocridad y la chabacanería por encima de todas las cosas, y que extrapolan sus percepciones paupérrimas y sesgadas a toda la sociedad, a quien culpan de sus frustraciones personales. No os juntéis con Apolos ni Amapolas. Y, por favor, si lo sois, cambiad. O por lo menos tened la decencia de preguntaros si vale la pena. Si creéis que sí, recordad que siempre podéis mejorar gracias a que el trabajo dignifica, y nunca faltan personas para limpiar el hábitat de los animales del zoo, de protectoras de animales y demás.

Es por eso que opino que crear protagonistas de mierda es una práctica a evitar, porque aunque no quieras, proyectas una imagen bochornosa. Si vas a hacer que reciba un cruel castigo, adelante. Pero no te recomiendo gorificar a un protagonista que permitirías entrar en tu casa.

Gracias por aguantar mi mala baba, pensad si vale la pena ser un personaje despreciable y hasta otra entrada.

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