Cuando menos es más: La plaça del Diamant y una comedia sueca

A veces, cuando hago memoria sobre mis últimos años de instituto, cuando empecé a leer con regularidad por gusto y no por imposición escolar, recuerdo que en una clase de literatura dedicamos un par de meses a leer entre toda la clase Madame Bovary de Flaubert. Pero más allá de las diferencias entre las distintas traducciones que tenía cada uno, de la trama o de si es o no un culebrón para amas de casa del siglo xix, me gustaría comentar que habría sido imposible de leer sin ese club de lectura improvisado por nuestra profesora. Más allá de su extensión, la dificultad radicaba en que es una novela realista de hace siglo y medio, de las que describían minuciosamente cualquier cosa. Hasta el detalle más insignificante. Y esa tendencia puede aburrir mucho al lector moderno. Porque no solo parece que las personas adultas leen menos, sino que quienes más leen son adolescentes o jóvenes, y las librerías están llenas de obras breves pensadas para que gusten a un público muy amplio que disfruta de videojuegos, internet, redes sociales y comida rápida. No van a leer una obra tan compleja y extensa por ahora, y con toda razón.

He leído alguna que otra de esas novelas juveniles y me parecieron cuanto menos interesantes, pero no entran en mis predilecciones. En lo personal, me gusta decir que no me importa que un libro sea largo mientras me mantenga entretenido y sea rico en detalles interesantes. Pero, como dijo un buen amigo mío, que es músico: «No puedes contentar a todo el mundo. Si hay treinta personas habrá treinta opiniones. Ve a ver a quien más te guste». Así que la realidad es otra.

A decir verdad, me he visto demasiadas veces aburrido con un clásico como El Decamerón de Boccaccio, el sobrevalorado y poco arriesgado Rayuela de Cortázar y el tercer libro de la saga Canción de hielo y fuego. De modo que, aunque reconozco que Madame Bobary tiene una narración excelente, me aburriría como un hongo si leyera Anna Karenina o algún libro de filosofía. Y no porque no me gusten los libros «aburridos». Leo a Saramago en portugués y, por lo general, me entretiene mucho, pero no soy fan de hitos de la novela histórica como Yo, Claudio, ni de libros sobre tal o cual guerra en la que se habla más de romances que no vienen al caso que de la guerra en sí, ni tampoco de películas de culto que han resultado ser poco trascendentales excepto para críticos eruditos y un poco snobs, desde mi punto de vista. En cambio, hace unos seis o siete años me habría posicionado como un negacionista para destacar lo buenas que eran basándome en comentarios ajenos. ¿Y para qué? ¿Para engañarme a mí mismo y tratar de gustar a todo el mundo? Pues va a ser que no. Me resultan obras innecesariamente largas. De hecho, si no leyera más variedad me habría hartado de leer y habría abandonado este maravilloso pasatiempo.

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Por eso creo que menos es más. Por eso creo que me ha gustado tanto La plaça del Diamant de Mercè Rodoreda. Sí, la he leído en catalán. Es una manía que tenemos algunas personas, que leen en catalán a Rodoreda, a Oscar Wilde en inglés, a Saramago en portugués y que leerían a Dicker en francés si hablasen esa lengua. Y, por supuesto, creo que eso no afecta a que me siga expresando y siga escribiendo en lengua castellana 😉

Volviendo al tema, la novela de Rodoreda tiene tintes similares con la novela realista decimonónica. De hecho, la misma autora lo reconoce en el prólogo de la edición número 22, así como sus referencias bíblicas. Pero lo que le veo de distinto es que se trata de una obra breve que no llega a las doscientas páginas. Y, sin embargo, logra su cometido: contarnos una historia dramática sobre una mujer infeliz en su matrimonio. Y no por ello la obra pasa a ser más simple o para principiantes, no. Lo que logra es mantener atrapado al lector. Me la he zampado en cuatro días y podría haberlo hecho en menos, pero me gusta disfrutar de la lectura aunque para ello tenga que ir más despacio.

Y eso me llevó a pensar: ¿tendría éxito una novela como esta hoy en día? Es imposible saberlo, pero no es difícil lanzar hipótesis. Si la juventud disfruta de libros más bien cortitos y amenos, ¿querrían leer algo de similar calibre al llegar a la adultez? Me lo pregunto porque hace tiempo que me planteo escribir una novela corta. De hecho, lo intenté y me salió un cuento decente: «Un ojo de cristal en el bar “La Aldea Gala”». Pero ya veremos qué me depara el futuro. Lo importante es que a veces no hace falta explayarse en mil páginas para crear una obra magnífica. Sí que hay autores que lo consiguen y sus libros larguísimos son muy buenos, pero a veces, pecando de mediocridad, no hace falta tanto para crear una obra maestra. Mientras el libro sea ameno, sea interesante y cuente una historia digna de ser escuchada. Y la adaptación a película que se hizo en los años ochenta vale la pena. Está en YouTube.

Porque si algo hizo bien Rodoreda, fue plasmar la imagen de la mujer que, una vez casada, pierde la identidad. Empiezan a llamarla por un mote, o como «la mujer de Fulanito»,  hace cosas que no desea para contentar a su marido. Cosas como dejar de hablar con sus amigos, abandonar el trabajo, tener más hijos de los que ella querría, cambiar sus gustos u ocuparse de un pasatiempo de su marido. Con el auge del feminismo en la actualidad, no sé cómo esta novela no se vende como churros. Supongo que las abanderadas del feminismo tienen otros gustos literarios. Por lo que he visto, son partidarias de la no ficción y los documentales. Creo que no deberían perderse ciertos trabajos, y más un clásico como este. En fin.

Y otra cosa que quería comentar es que en el cine también funciona el concepto de «menos es más», y el ejemplo que traigo es El abuelo que saltó por la ventana y se largó. No hace mucho vi la película con ciertas reticencias, pero me gustó bastante. Leí algunas críticas que la comparaban con Forrest Gump por mostrar a un protagonista que conoce a famosos dirigentes y que corre. Pero, a decir verdad, no tienen nada que ver. Esta es una historia mucho más directa y mucho menos americanizada. Cosa obvia, porque la película es sueca. Porque hace tiempo también leí una crítica a la película de Tom Hanks que me dejó bastante pensativo. Según parece, Forrest representa lo que debe ser un buen ciudadano americano: es bueno en deportes, ha ido a la universidad, ha combatido en una guerra, se ha hecho a sí mismo y no ha tomado drogas. Todo lo opuesto al personaje de Jenny. Y la moraleja es que si haces lo que se supone que debes hacer, todo te irá bien. Y si haces lo contrario, acabarás como Jenny o como el teniente Dan antes de trabajar con Forrest. Es muy interesante, porque es lo opuesto a lo que la tía Rand decía en El manantial. Es una forma diferente de ver la vida, que el autor del libro de Forrest Gump criticó en su momento. Sigo pensando que es una buena película, pero no deja de ser muy fantasiosa. Ahora bien, no concuerdo con todos esos críticos.

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En lo personal, esta película sueca me parece tan distinta a la de Zemeckis en tantos aspectos que compararlas resulta ridículo. Porque este abuelo no es ningún modelo a seguir. Es más bien un anciano que se ha quedado solo en el asilo, se escapa y sale a vivir aventuras porque sabe que le queda muy poco y prefiere volver a experimentar el riesgo no se deja llevar por nada, sino que afronta peligros porque no tiene nada que perder. Aparte, la historia que surge y el pasado el viejo es muy interesante. Quiero leer el libro. Y que un sueco haga reír va en contra de los tópicos sobre el país, y eso me gusta, que sean ellos mismos y no lo que digan los topicazos.

En resumen: a veces los lectores o espectadores no necesitamos obras larguísimas para que nos hagan pensar o sentir algo. En este mundo de estímulos supernormales, lo correcto peca de simplón o lo extravagante acaba acaparando la atención de todo. Por ello, en su lugar, prefiero destacar y disfrutar de contenido de calidad, ya sea breve o extenso, conocido o una joya esperando a un descubridor. Por lo que respecta a mis escritos, no sé qué me deparará el futuro, pero en cuanto desarrolle una buena idea le daré al teclado. O tal vez me decante por la moda actual de los microrrelatos y escriba varios, aunque tenga que salir un poco de mi rutina. Ya veremos.

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