«El evangelio según Jesucristo» de José Saramago — o como un libro polémico de los años 90 hoy en día es un libro más

Si alguien está siguiendo este blog desde hace tiempo se habrá percatado de que José Saramago sigue siendo uno de mis autores favoritos. Bueno, y también que quisiera saber más sobre la muerte digital del dibujante Aleix Saló y que el primer libro de César Brandon me resultó decepcionante. Por algún motivo son las entradas más visitadas de este blog a fecha de publicación de esta reflexión.

En cualquier caso, el premio nobel portugués me sigue entreteniendo y fascinando a partes iguales. Podría repetir lo mucho que me encantó conocerlo y otras historias que creo que ya he contado, pero hoy quiero traer una historia real y una reflexión.

Trato de esperar varios meses entre un libro y otro del mismo autor para que no me resulte repetitivo, a menos que esté leyendo una saga. De esta forma, cojo un nuevo libro con más ganas. Y esta no fue una excepción, porque me este libro me ha gustado y me ha hecho reír bastante. No obstante, lo más interesante según mi punto de vista es lo que ocurrió durante su publicación.

Cabe tener en cuenta que esta historia ocurrió en 1991 y que Portugal era un país bastante conservador y confesional respecto al resto de estados europeos. Hoy en día ha pasado por distintas transformaciones y visitarlo es un placer. Pero en los años 90 todavía tenía mucho en lo que avanzar, antes de dejar de ensuciar sus calles a niveles absurdos, abastecerse de energía renovable, legalizar las drogas o atraer a grandes empresas como Google para situar sedes en sus tierras.

No son pocos los familiares y amigos que compartieron conmigo su decepción cuando viajaron al país vecino y lo mucho que ha cambiado. Después de todo, aunque revolucionaria y prometedora, la ruptura del Estado Novo del dictador Salazar tardó en hacer mella en las vidas tanto de tripeiros como de alfacinhas como del resto de habitantes. Tal como ocurre en Rusia, por ejemplo, la religión sigue siendo muy importarte, aunque cada vez menos, en las vidas de nuestros queridos vecinos.

Y es en este contexto que el bueno de Saramago, un hombre ateo, comunista, amante de las parábolas, divorciado y que contaba con casi 70 años de edad, publica El evangelio según Jesucristo. Esta novela se considera como una de las más importantes dentro de la bibliografía del autor más por su repercusión que por su contenido.

Es posible que ya fuese un autor consagrado en su país y que numerosos intelectuales del extranjero lo conocieran, pero no fue sino hasta este libro que alcanzó fama mundial. Fue entonces que sobrepasó muchas más fronteras, sus obras se tradujeron a varios idiomas, y consiguió hacerse un hueco en las estanterías de muchos lectores.

Ahora bien, tal como las hazañas de un pintor o rey loco, su obra no fue bien recibida en el momento de su publicación. La polémica tuvo una difusión tal que incluso el gobierno portugués vetó su presentación al Premio Literario Europeo de ese año, alegando que su libro «ofendía a los católicos». Es entonces que el autor, siendo como está visto un hombre reaccionario pero pacifista, abandona Portugal y se traslada a España, a la isla de Lanzarote, en Canarias, donde habitó hasta su fallecimiento en 2010 a los 87 años. Y fue allí donde convivió con Pilar, su segunda esposa, quien no dudó en traducir al español las siguientes novelas de su marido. ¿Qué mejor pareja para un escritor que una traductora de otro país que traduce sus obras? A mí no se me ocurre ninguna.

Visto en perspectiva, no me extraña que José Saramago eligiese Lanzarote para retirarse. Para empezar, él pertenecía a ese grupo de portugueses que fantasea con la idea de una iberia unida, en la que los dos países que forman la península ibérica se unen en uno solo. De hecho, ese es el argumento de La balsa de piedra, otra de sus novelas. No la he leído y no la voz a juzgar por su mediocre adaptación fílmica. De hecho, la única película que recomendaría para conocer alguna historia del autor sería A ciegas. Y además, Lanzarote es una isla. Si lo que pretendía era alejarse del mundo, sin llegar a aislarse como un ermitaño, ¿qué lugar mejor que una isla tan bonita y tan interesante pero a la vez tan pequeña como Lanzarote? Estuve una vez en mi adolescencia y repetiría con todo gusto.

Tal como otras obras polémicas de diversos artistas, El evangelio según Jesucristo le trajo alegrías a largo plazo al consagrado autor. En 1995 recibió el Premio Camões, lo que equivaldría a un Premio Planeta en su país natal, salvando las distancias, y en 1998 el Nobel de la Literatura. Dudo mucho que hubiese recibido tales galardones sin esta obra que levantó tanta polémica.

Y bien, si alguien desea leerla, le recomiendo tener ciertos conocimientos sobre La Biblia. No es necesario leerse el Nuevo Testamento, pero sí conocer en qué circunstancias nació Jesús, la historia de Herodes, sus andaduras por el desierto, su muerte, a Judas, a María Magdalena y algunos detalles más.

¿Está justificada la polémica que tuvo? Como ya he mencionado, achaco la polémica que levantó a su contexto social. Es posible que hoy en día también tuviese problemas para publicarse, no me extrañaría nada, de hecho. Puede parecer que hemos avanzado, pero la religión sigue siendo un tema polémico en las sobremesas. Así que no es raro imaginar que seguiría dando de qué hablar.

En un momento histórico en el que la religión cristiana es la más perseguida en ciertas zonas de África, Oriente Medio y China, ciertos cristianos occidentales parecen preocuparse por qué dice tal o cual persona y se ofenden con facilidad. En otros tiempos nos quemarían a los agnósticos solo por dudar de la existencia de Dios, así que creo que nuestros religiosillos han avanzado mucho en los últimos siglos. No defiendo la violencia por venganza o cristianofobia hacia esos religiosos, ni a ningún otro ser humano por motivos de fe. De hecho, fantaseo con que cada terrorista, cada predicador loco y cada fanático que daría su vida por su religión se convierta en artista y descargue su ira sobre lienzos, esculturas, obras literarias, comics, películas, series, videojuegos o cualquier otra forma de expresión no violenta. Pero en estos tiempos en los que la gente se ofende por todo, los fanáticos nunca estarán contentos.

Me ha gustado mucho este libro, pero no es más que otro Caballo de Troya o Los astronautas de Yahvé de J. J. Benítez pero más entretenido, una La vida de Brian pero no tan divertida o un Ágora en la que se ha procurado ser más fiel al rigor histórico. Hay quien lo considera un precedente para El Código Da Vinci, incluso. En pocas palabras, es el equivalente de Emmanuelle al cine erótico: muy provocadora en su momento pero hoy solo incordiaría a los más sensibles. Por lo demás, está a la altura de otras obras del autor como Todos los nombres o Las intermitencias de la muerte.

Antes de publicar esta entrada vi la película Dogma de Kevin Smith. No solo la recomiendo a todo el que quiera ver una sátira de la religión completamente loca, sino que después de verla tengo más claro todavía que la novela de Saramago resulta muy sobria y respetuosa en comparación. Lo más curioso es que me la recomendó una chica musulmana. Ver para creer, ¿no?

Tal vez si nos fijásemos más en las similitudes que en las diferencias y nos preocupásemos más por defender la libertad de expresión que por tratar de no ofender a quien de todas formas se va a ofender, viviríamos en un mundo más cordial. ¿Qué siguen pretendiendo lavando cerebros, dividiendo a las personas y deshumanizando al contrario?

En fin, ni el Frente Judaico Popular ni el Frente Popular de Judea atienden a razones, solo a vagas emociones.

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El principito de Antoine de Saint-Exupéry — en defensa de los audiolibros

Hace tiempo me compré El principito, esperando que fuese una obra maestra de la literatura. Así al menos se vende muy a menudo hoy en día en diversos blogs de literatura, listas de libros imprescindibles y buena parte de los booktubers que me encuentro también lo recomiendan. Claro que, siendo justos, también es uno de los libros más presentes en ámbitos relativos a la espiritualidad, la inteligencia emocional y el poder de la mente. Sospechoso, cuanto menos.

Sin embargo, estas recomendaciones me parecen vagas, simples y que difícilmente aclaran por qué las personas deberían leerlo. En lugar de aportar argumentos, hay personas que apelan a las emociones y al crecimiento personal para recomendar un libro. Si se tratase de una táctica de marketing, tendría que darles mi enhorabuena, puesto que después de casi 80 años esta novela corta sigue vendiéndose muy bien. Sé que no es el caso, así que vayamos a la pregunta que ha motivado esta entrada: ¿tan enriquecedor es leer El principito? Habiéndolo leído tres veces, creo que estoy autorizado para responder a esta pregunta y dar un punto de vista libre de sesgos y emociones.

La primera vez que lo leí fue en una tarde de verano tras los exámenes. Me entretuvo, me gustó, me gustaron los diálogos y las ilustraciones del autor. Ahora bien, no me cambió la vida. ¿Sorpresa? Ninguna.

Por aquel entonces ya estaba harto de las imágenes repetitivas de la serpiente que se había tragado un elefante y de la declaración de que toda persona que no reconociese el dibujo al instante necesitaba leer más. Me pregunto cuántos y cuáles libros ha leído el creador de esa imagen y las personas que la envíen y reenvían. Me recuerdan a los PowerPoints de la época en la que Hotmail lideraba el sector de la gestión de correos electrónicos.

En definitiva, la primera vez que lo leí me dejó frío. En líneas generales, me pareció un libro sobrevalorado y prescindible, a menos que seas una persona muy espiritual. No tardé mucho en olvidarlo.

Por circunstancias de la vida, en mitad de un trabajo tedioso que hice para la universidad, se me ocurrió ponerme un audiolibro para relajarme. Di con una narración de no más de una hora de la novela de SaintExupéry. Le di al play y lo escuché.

Sorprendentemente, me gustó bastante más que en la primera lectura. Quizá fuese porque había olvidado gran parte de la historia, porque la voz de la narradora era excelente para esa historia o tal vez porque estaba estresado y necesitaba algo que me distrajese durante una hora.

Poniéndome algo más profundo, la historia me atrajo un poco más que la primera vez. Entendí que siendo un libro tan corto debía fijarme en los pequeños detalles. Tal como Rebelión en la granja, Montado en la bala o Sin noticias de Gurb, si se lee despacio, resulta un libro muy agradable de leer. Pero aunque la historia me atrajo un poco más que durante la primera lectura, fueron las frases repetidas hasta la saciedad las que calaron en mi mente, debido precisamente a su constante repetición. Pero no le di mayor importancia.

Y así llegamos a la tercera lectura. Busqué otro audiolibro, con otras voces, recuperé mi copia del libro, y lo leí mientras oía la narración. En pocas palabras, ahora sí que he entendido cómo disfrutar del libro. En pocas palabras, es una cuestión emocional.

Profundizando un poco más, el audiolibro no sigue fielmente el libro palabra por palabra. Y no lo hace, no por una cuestión de traducciones diferentes, sino porque los audiolibros se saltan partes de los libros y se centran en mantener las más importantes. De hecho, me he encontrado con bastantes personas que defienden los audiolibros, sobre todo para ensayos, libros sobre motivación, para aprender idiomas o incluso de los grandes clásicos. Exacto, incluso hay un quien utiliza audiolibros para novelones de cientos de páginas. Para gustos colores, supongo.

Esta vez me he dado cuenta de que la historia del principito importa poco o nada. Essolo un marco necesario para transmitir algo que es difícil hacer llegar a los demás. Lo más interesante son las reflexiones sobre las rosas, los planetas, sobre el encuentro en el pozo y el personaje del aviador, una casi segura referencia al propio autor. Al menos para mí, eso es lo más rescatable de El principito.

Sigo sin considerarlo un libro imprescindible para todo el mundo. Tiene un argumento aceptable para pasar una tarde entretenida, los personajes tienen bastante trasfondo, ya que el autor va a la esencia y no se entretiene en llenarlos de descripciones y diálogos eternos, y además no es una obra que pretende ser para todo el mundo. Hay que entender que un alma atormentada como la de un aviador de la Segunda Guerra Mundial al borde de la muerte solo podría escribir algo o cruel hasta el extremo o bien arrebatador y hermoso.

Ahí es donde hallo el quid de la cuestión. No es una novela disfrutable por su argumento, personajes o por lo mucho que se apega o se aleja de la realidad, o del género en el que podríamos encasillarla. El principito, en la opinión de este servidor, debe entenderse como su fuera una obra de arte plástica para ser disfrutado. Ya sea por los dibujos, las frases para enmarcar que contiene este libro, o por lo que puedas encontrarle como lector. Gracias a este planteamiento, he podido disfrutar de la obra magna de Antoine de SaintExupéry. Lejos de centrarme en lo que se suele decir por internet, creo que cada persona debería disfrutar de estas obras a su manera, y luego ya tendremos tiempo de discutir quién tiene los mejores argumentos o sabe poner los colorines más bonitos a sus publicaciones por redes sociales.

Veredicto: Te lo recomiendo bastante. Además, recalco que leerlo desde una perspectiva en la que esta novela es como una obra de arte se puede disfrutar mucho… durante una tarde. A ver qué te transmite. No tiene por qué convertirse en uno de tus favoritos. Pero sí reconozco que vale la pena darle una oportunidad. Como con el buen arte, que te emocione más o menos depende de tu personalidad individual. Y ya va siendo hora de dejar la frasecita de «lo esencial es invisible a los ojos», que es muy cansina.

¿Es Tolkien aburrido?

Este verano, aprovechando un viaje que tenía programado, me metí El señor de los anillos en la mochila dispuesto a retarme. ¿Sería capaz de terminarlo algún día?

Para mi sorpresa, a la vuelta ya me había leído buena parte de La comunidad del anillo. Al contrario de lo que me habían contado muchas personas, no me pareció aburrido en términos generales. Sí, hay muchísimas descripciones, muchas canciones, momentos con poca acción y la mayor diferencia entre el libro y las películas es el ritmo de la historia. Porque más allá de acontecimientos que cambiaron para hacer la adaptación, no es difícil que te atrapen si de casualidad las están dando por la tele y las pillas haciendo zapping. Bueno, si las películas te aburren y no eres especialmente joven, entonces esta saga no es para ti.

Por supuesto, seguí leyéndolo hasta terminarlo tras dos meses de lectura y, la verdad, entiendo a las personas que piensan que los libros de Tolkien son aburridos. No lo comparto, pero si lo hubiera leído en un contexto diferente, podría haber detestado El señor de los anillos.

Hace ya varios años que me leí El hobbit, sin ser un fan de la fantasía, y me gustó bastante. Luego quise ver las películas y lo siento pero me parece que las extendieron como un chicle. Podría entender que una película que dura más de tres horas resulte lenta si no cuenta una historia que merezca que le dediquen semejante tiempo. Sin embargo, cada vez que vuelvo a ver las películas, es casi como la primera vez, puesto que hay muchos detalles que olvido con facilidad, de modo que volver a verlas es una gozada. Y ahora que he leído la saga, reconozco que me encontré con lo que me esperaba.

De hecho, creo que si no hubiera visto las películas antes de leerlo, lo habría dejado a la mitad. En tiempos anteriores al año 2001 era imposible tener alguna referencia cinematográfica sobre qué aspecto tendría todo el universo de Tolkien, sin contar el intento de hacer una adaptación en dibujos animados en 1977 que no supera la barrera del tiempo. Pero hoy en día, aunque algunos fans locos me vayan a matar, recomendaría a quien no lo haya hecho todavía, que primero mire las películas, luego lea la novela y como paso final se alegre de los cambios que hicieron en las pelis, ya que estos favorecen el ritmo en tres películas de tres horas cada una con un lenguaje cinematográfico que ni el mismo Jackson ha sabido repetir. Esa trilogía es irrepetible, única y tan buena como la novela que adapta.

Ahora bien, se hizo un cambio en la forma de estructurar la historia que me parece muy acertado también, pero que en los libros tampoco me molesta. Si bien en ambos casos la historia consta de tres partes, cada una de ellas está dividida en dos, y sobre todo se nota a partir de Las dos torres. Las primeras siguen la historia de Aragorn, Gimli, Legolas, Gandalf el Blanco, Merry, Pippin y demás; mientras que la segunda se centra en el viaje de Frodo, Sam, Smeagol/Gollum y otros personajes que van surgiendo.

Por algún motivo que todavía se me escapa, la parte de Frodo y Sam me encanta. La encuentro entrañable, divertida, conmovedora, emocionante y llena de matices. Quizá sea porque ambos son unos muchachos pacíficos con una vida sin sobresaltos en mitad de una aventura vertiginosa. A penas van armados, a duras penas tienen aliados y les acecha un bicho peligroso con tendencias caníbales. El conjunto resultante es interesante y perfecto para mostrar escenas como la del lago de los cadáveres o la escena en la que los orcos pueden hablar en lugar de gruñir. Creo que porque se separa de la típica aventura de batalla y búsqueda de un tesoro, venganza u honor, sigue siendo mi parte favorita.

Por otra parte, las escenas de los demás personajes tienen muy buenos momentos, pero no me gustan tanto. La que creí que sería mi parte favorita de los libros, ha terminado por aburrirme en según qué momentos. No obstante, dentro del aburrimiento experimentado, Tolkien conseguía hacerme disfrutar mucho con buenos diálogos, escenas de lucha y momentos para el humor.

Así que, bajo mi punto de vista, El señor de los anillos puede resultar aburrido en algunos momentos. No obstante, las cosas buenas que tiene superan con creces a las malas y el esfuerzo que supone leer las tres partes del libro se compensa más que bien.

En cuanto al prólogo, a menos que te interesen mucho los hobbits, se puede omitir. El epílogo, sin embargo, no lo leí porque no le vi sentido a un listado de hechos contados sin gracia que me recuerdan demasiado al catálogo de las naves de La Ilíada.

En resumidas cuentas, leerlo vale mucho la pena, al menos para mí. Es posible que tenga muchos clichés, puesto que es un libro que ha recibido muchos imitadores desde su publicación allá por los años 50. Ahora queda esperar a la adaptación a serie de televisión que pretende crear Amazon. Tengo ganas de ver qué sale de ahí. Habiendo leído la novela, de lo que más ganas tengo es de captar las diferencias entre novela y adaptación.

De hecho, tengo una lista de algunas cosas que he notado. Con esta lista, cierro la entrada. No la leas si quieres evitar que te destripe una historia que lleva publicada sesenta años y una saga de películas que tiene casi veinte a fecha de publicación de este artículo.

Gracias y hasta otra entrada.

  • ¿No os parece que las canciones se acaban haciendo cansinas y que menos mal que no están en la película?
  • Cierto que la resurrección de Gandalf es espectacular en la película, pero creo que me gusta más la del libro porque acompaña a los héroes durante más tiempo.
  • Así mismo, la muerte de Saruman en la tercera película, aunque rimbombante, es demasiado pronta. Hubiera deseado verlo degenerar y descender hasta la locura.
  • ¿Tanta memoria tiene un poni? Según he investigado, sí, los caballos recuerdan muy bien a los humanos con los que han interactuado y que los han tratado muy bien o muy mal.
  • Hacia el final, noté conductas y pasajes racistas y misóginos en el tercer libro. Por supuesto, en la película no hay ni rastro de ellas y de hecho hay un momento bastante feminista relacionado con la muerte del Nazgul.
  • La desaparición temporal de Aragorn en Las dos torres siempre me pareció forzada. Ahora sé que lo es.
  • La película explica mucho mejor la batalla en la que Sauron perdió el anillo. Por lo menos es mucho más comprensible.
  • Hace años leí un libro muy tonto llamado El sopor de los anillos. Es una gilipollez, pero puede entretenerte durante un rato. Además, lo conseguí gratis.
  • Gimli sigue siendo mi personaje favorito junto con Sam.

Mariano José de Larra — Uno de mis pesimistas favoritos. ¿Por qué no quiero ser como él?

Por algún motivo siempre me han gustado los escritores del romanticismo. Tanto si fueron creadores de monstruos como Mary Shelley o Bram Stoker como narradores de desvaríos de un alcohólico atormentado, me he sentido identificado durante muchísimo tiempo con esas personas resentidas que desearían haber vivido en los idealizados tiempos de piratas, caballeros o vikingos.

Porque eso son en esencia los autores románticos: personas resentidas, apagadas y pesimistas en un mundo que les resulta anodino y deprimente. Personas con un gran potencial creativo que, en su afán de huir de la realidad, creaban mundos en los que se sentirían más cómodos, trataban de asustar al lector, o ya de plano criticaban la realidad del momento.

Respecto al romanticismo español, aunque no abunden los autores de ese estilo que hayan superado la prueba del tiempo, lo cierto es que no nos podemos quejar. Tenemos a Bécquer con sus Rimas y Leyendas, a Espronceda y su excelente poesía, y con respecto a mujeres a Rosalía de Castro y su representación de su Galicia natal en sus obras. En mis tiempos de estudiante a duras penas pudimos tocar estos autores, pues no había mucho tiempo y tampoco lo necesitábamos para aprobar un examen. Pero más tarde pude catarlos un poco más a fondo junto a un experto en la universidad y de entre todos ellos creo que me quedaría con Larra.

Aunque no tan conocido, pues su mayor legado se limita a un puñado de artículos periodísticos que publicó a lo largo de varios años en distintos periódicos, Larra representa perfectamente el romanticismo español.

Para empezar, su vida es la de un típico escritor romántico: trágica y breve. En su juventud tuvo problemas para acabar los estudios, pudo viajar por Europa y comprender cuán atrasada había quedado España en comparación tras el fin de la hegemonía del imperio, su vida amorosa estuvo llena de decepciones y sus dos matrimonios terminaron en separación. Mariano José de Larra se dispararía en la cabeza a la edad de 27 años para acabar con su vida. En tan poco tiempo, le dio tiempo a publicar unos 200 artículos periodísticos, de los cuales se conservan varias recopilaciones.

Recientemente he rescatado unos pocos, me los he ido leyendo entre viajes en transporte público, como suelo hacer, y aunque los he disfrutado, no he sentido lo mismo que me removieron por dentro hará unos dos o tres años, cuando leí varios para un examen.

Si queréis saber más sobre él, en internet hay muchísima información y me atrevería a decir que todos sus artículos están disponibles en PDF para todo el mundo. Lo que hay a continuación es una visión muy existencialista de un autor fundacional del existencialismo en un, por entonces, país de borregos. Aunque viendo cómo va la actualidad, no nos vendría mal mejorar en muchas materias (no importa cuándo leas esto).

El caso es que si bien cuando entré en los 20 años, autores como él me encantaban, creo que ese gusto tuvo mucho que ver con la mentalidad que tuve por entonces. No obstante, también recuerdo que compañeros más optimistas y felices despreciaban esa clase de literatura, como si prefirieran historias de paz y amor sin muchos conflictos. No me identificaba con ellos entonces ni lo hago ahora.

No obstante, aunque aprecio bastante los artículos de Larra y entiendo que son sobre todo fruto de un contexto convulso y muy duro como es el turbulento marco político del siglo XIX, no le veo sentido a posicionarse como un pesimista frente a sus artículos casi doscientos años más tarde.

Si bien es cierto que hay problemas tratados por Larra que todavía persisten, las fondas o restaurantes ya solo están muy sucios en el peor de los casos, no es una realidad generalizada. Por otro lado, en algunos artículos se sugieren soluciones para los problemas, pero a la vez Larra muestra una realidad tal cual es, como establece en su artículo Literatura. ¿Pero cuánto hay de real y cuánto hay de pesimismo subjetivo en sus artículos?

Algunos de sus artículos como El casarse pronto y mal, El castellano viejo, Vuelva usted mañana, La cuestión trasparente o, mi gran preferido, ¿Quién es el público y dónde se encuentra? Son excelentes crónicas de lo que se podría encontrar alguien incluso hoy en día al salir a la calle y enfrentarse a problemas como el amor, la burocracia, tratar con desconocidos estomagantes o recibir un servicio de mala calidad en algún establecimiento. En ellos Larra se muestra como un cínico, un maestro de la ironía de lengua viperina, y siguen siendo muy disfrutables a día de hoy.

No obstante, todos los artículos están ligados a la realidad de su momento y a hacer una crítica a la sociedad española de la época. Más allá de ello, pregunto, ¿qué atractivo tienen?

Luego hay otros como Impresiones de un viaje que también siguen siendo vigentes, pero más que satírico lo considero mordaz y desencantado. También quisiera mencionar Lo que no se puede decir, no se debe decir, en el que Larra acepta con sumisión la censura en los periódicos de la época. Lamento no estar de acuerdo y desear haberme topado con un artículo más subversivo.

¿Recomendarías este autor a un amigo? ¿Y a alguien joven que se está adentrando en la literatura? ¿Y a un extranjero interesado en aprender nuestro idioma? Personalmente, yo no. Me parece que solo se lo recomendaría a una de esas personas que siempre tiene una mala opinión hacia la actualidad sin justificarlo demasiado.

En definitiva, Larra me parece un autor muy disfrutable, con un dominio de la inquina y la invectiva notable. Todos estos artículos y muchos otros son un reflejo del contexto histórico y cultural, pero poco más para el ojo del lector medio.

Si te gustan las sátiras de cualquier clase te recomiendo sus artículos, aunque me gustan mucho más aquellas sátiras que los actores confeccionan con elementos como podrían ser personajes ficticios, metáforas y diálogos para enmarcar. Y ahora, que la censura parece estar volviendo al panorama cultural contra todo lo que destaque, tenga un discurso en contra de lo establecido o de lo que quieren establecer, del correctismo político y de reescrituras de la historia o de la actualidad a convenir del grupo de presión mediática de turno, la creatividad para esquivar la censura y darle en los morros a quien intente censurar cualquier discurso tiene que estar más viva que nunca.

El problema de que tu protagonista sea una mierda seca

No hace muchos meses comenté sin ahondar mucho en el tema que consideraba un error que el protagonista de una obra sea un personaje despreciable, tenga una personalidad insulsa o lleve al lector o espectador por el camino de la amargura. Después de todo, no quería herir a una escritora que conozco. Y el hecho de que me confesara que quería que la recordaran como a ese personaje, tan vergonzoso y patético desde mi punto de vista, me hizo pensar que debería terminar de leerlo para llevarme una grata sorpresa, un giro radical que redimiera los fallos del principio, pero a día de hoy sigo sin estar interesado en ese libro ni en personas con una actitud chulesca para con su comportamiento inmaduro.

Soy consciente de que los humanos somos imperfectos. Es posible que mi posicionamiento sea algo brusco hacia esa escritora, y de hecho otro libro suyo que leí me pareció bastante bueno. Por lo tanto, no dije nada más. No quería hacerle daño, ni tampoco pretendía sacar lo mejor de una persona que me podría dar muchas lecciones de escritura creativa a mí, que soy un mindundi. En su lugar, redirigí la mirada hacia mis relatos y proyectos no lanzados, y de hecho mis protagonistas en la vida real merecerían todo el desprecio de sus semejantes. He tenido que ir corrigiendo ese error y crear personajes más interesantes con el tiempo.

Por ejemplo, mientras escribía una historia sobre el amor a distancia entre una treintañera con un novio que también le era infiel y un veinteañero virginal y asocial, mis frustraciones sobre los fracasos amorosos se veían reflejadas. Para más inri, Apolo, el veinteañero asocial y mi alter ego, era un personaje despreciable, inmaduro e irascible, entre otros defectos. Lo interesante fue que mi intención principal al crear un personaje con nombre de dios del amor, del cual no tenía ni idea, era criticarme a mí mismo y tratar de convencerme de que había cambiado a mejor. Craso error. Había mejorado un poco, pero de igual manera que cualquier país que ha vivido una dictadura represiva y, tras el fin de esta, una época de libertad y prosperidad, necesitaba un tiempo para estabilizarme, aclarar mis ideas y descubrir si de verdad había cambiado tanto.

El resultado no fue muy bueno. Perdí amistades, oportunidades, tuve broncas que se podrían haber evitado, y tardé bastante en saber qué quería. Y cuando supe y tuve lo que siempre había deseado, volví a caer reiteradamente. Al final, tras adoptar diversos cambios de actitud, creo que cuanto menos me parezca a mis primeros personajes, mejor.

Supongo que, ejerciendo de abogado del diablo, le puedo sacar algunas virtudes a Apolo. Por lo menos me ayudó a darme cuenta de que me estaba convirtiendo en él. Es más, estoy seguro de haberme encontrado con más Apolos por ahí.

Por eso, cada vez que me encuentro con un personaje despreciable, me distancio. Por supuesto, esto no quiere decir que esté en contra de villanos protagónicos, antihéroes o perdedores que aprenden algo o son ridiculizados a lo largo de la obra, en especial si es una comedia estúpida para pasar un rato ameno y punto. Mi problema está en los protagonistas de mierda con más ego que la mayoría de los influencers medios. Porque, llámame raro, pero no me gusta leer sobre un idiota al que se le premia por su estupidez.

Intentaré explicarlo: Imagínate por un momento que trabajas muchas horas, que tienes que desplazarte durante más de una hora en transporte público hasta tu lugar de trabajo y otra hora más para volver a casa, y al volver te toca hacerte de comer para el día siguiente. Sales de casa con sueño y vuelves a casa con mucho cansancio. Para entretenerte por el camino y deshacerte de algo de estrés, decides leer una novela, antes y después de encontrarte con un cliente que te hace perder tiempo y te desespera con su escaso sentido común, que quizá decida romper algo de tu lugar de trabajo porque le apetece, que fumará en un local o que hará retrasar un proyecto, pero que desde tu posición no puedes hacer nada para expulsar a esa persona del lugar, y a tus superiores les parece genial que esa persona de mierda esté allí, tocándote lo que no suena. O un compañero que no da un palo al agua y te toca cargar con más trabajo por su comportamiento rastrero. ¿Te gustaría que el protagonista de esa novela fuese ese cliente o compañero con encefalograma plano y maldad estúpida, que sus fechorías le saliesen bien y se le felicitara por ello? Que ese carterista protegido por el poder judicial, ese niño de papá que ha okupado tu casa durante las vacaciones, ese borracho que te ha reventado los retrovisores del coche, o esa mujer que te ha acusado en falso de varios delitos y que estará sobreprotegida por la política femiloca de turno y una asociación devoradora de tus impuestos vivan una historia ficticia, y te tenga que entretener y gustar me parece de enajenados mentales.

De manera similar al Apolo que fui, estos personajes bochornosos tienen sus contrapartes reales multiplicadas por decenas. Y por desgracia no somos Harry, el Sucio para darles su merecido a ladrones, asesinos y violadores o carteristas, okupas, alborotadores y perpetuadoras de crímenes morados. Solo somos puntitos en un mapa gigante. Puntitos con poco tiempo libre, el cual es más valioso que el oro, y que no deberíamos derrochar con historias cuyos protagonistas viven como reyes debiendo llegado a ser como mucho latas de comida para el doctor Lecter.

Después de estas muestras de lengua viperina, me gustaría acabar con una matización más sobre personas de la vida real que pueden servir de ejemplo para no crear personajes basura. ¿Alguna vez habéis conocido a esa clase de personas tan negativas que deberían tener la piel roja, como los números del banco? Bromas aparte, hablo de personas que tienen un problema para cada solución, una pega para queda regalo que reciben, una excusa para cada muestra de mal comportamiento, una sonrisa falsa para cada muestra de buena fe o diversión que se les presenta, y una cabeza de turco a quien culpar de cada una de sus estupideces. Si la conocéis, ni os acerquéis. Mi consejo es que cortéis toda relación cuanto antes. Y cuanto más miedo tengáis de perder a es apersona, más os urge alejaros. Porque son personas tóxicas. Son envidiosos que nunca han movido un dedo por nada, que valoran la mediocridad y la chabacanería por encima de todas las cosas, y que extrapolan sus percepciones paupérrimas y sesgadas a toda la sociedad, a quien culpan de sus frustraciones personales. No os juntéis con Apolos ni Amapolas. Y, por favor, si lo sois, cambiad. O por lo menos tened la decencia de preguntaros si vale la pena. Si creéis que sí, recordad que siempre podéis mejorar gracias a que el trabajo dignifica, y nunca faltan personas para limpiar el hábitat de los animales del zoo, de protectoras de animales y demás.

Es por eso que opino que crear protagonistas de mierda es una práctica a evitar, porque aunque no quieras, proyectas una imagen bochornosa. Si vas a hacer que reciba un cruel castigo, adelante. Pero no te recomiendo gorificar a un protagonista que permitirías entrar en tu casa.

Gracias por aguantar mi mala baba, pensad si vale la pena ser un personaje despreciable y hasta otra entrada.

La película «Las ventajas de ser un marginado» me parece demasiado optimista, pero no deja gustarme

He visto la película Las ventajas de ser un marginado unas horas antes de escribir esta entrada y siento que tengo que hacer una crítica, a pesar de que no sé cómo explicar lo que he sentido al verla.

Mi opinión resumida de la adaptación que el escritor Stephen Chbosky realizó de su propia novela y pudo estrenar en 2012 es que es una buena película para quienes crecieron durante los 90 y que no fueron precisamente populares en el instituto.

Mis recuerdos de esa década son muy vagos. Después de todo era un niño enganchado a los VHS, tenía un yo-yo y poco después llegaron los 2000. El caso es que incluso habiendo ido al instituto durante los años 2000, lo cierto es que he sentido algo de nostalgia al ver las cintas de casete o las ediciones de libros que aún se hacían en imprenta. Definitivamente era otra época. En algunas cosas mejor, en otras peor, pero diferente al fin y al cabo a hoy la actual. Lejos de hacerme sentir viejo, he sentido envidia sana por algunos de los protagonistas.

Como marginado durante del instituto hubiera dado lo que hiciera falta por tener compañías como las de Charlie Kelmeckis. No obstante, al ponerme en su situación, creo que en esa época más que a Charlie yo me habría acercado a un antihéroe, que no lo hay en esta cinta. Un marginado que renegaría de la lectura, no bebería, no fumaría, no tendría sexo, a duras penas tendría amigos y en definitiva tendría algo de culpa en ser un marginado, lo cual no le importaría en absoluto a ese chaval, quien para más inri se jactaría como un estúpido de ser solitario y maleducado (y estúpido también). Lo cierto es que me ha hecho reflexionar. Eso lo valoro mucho en la película. He conseguido recordar experiencias en las que al tratar de socializar con otros marginados que eran incluso más infelices que yo.

Por otra parte la película tiene bastantes fallos, a mi parecer. A los que la habéis visto: ¿No os parece que todo sucede de manera muy oportuna? Los personajes se encuentran justo cuando va a suceder algo interesante, si hay algún problema lo solucionan en un momento, los abusones, los «malos», se marchan justo después de una pelea, o dos protagonistas se acaban enamorando y todo sale como en un libro de autoayuda, o que el protagonista parece perfecto y que no comete errores, como si fuera un Gary Stu. De hecho, considero que Charlie lo es y a los muy fans les parece bien.

De algún modo, no es una película que se caracterice por sorprender al espectador. En ese sentido creo que está un poco sobreestimada por otros marginados. En lo que sí que les debo dar la razón es en que tiene sus partes graciosas, no se corta en darle un tono muy natural (punto para los traductores y ajustadores María José Aguirre de Cárcer y Juan Logan Jr., respectivamente), por no hablar de mostrar sin tabúes problemas como la soledad, el desamor, la salida del armario, la primera vez y demás situaciones a las que se puede enfrentar un adolescente. Ni los mitifica ni los dramatiza, simplemente los enmarca.

Por sacarle otra virtud, me gusta la actitud del protagonista. Le cae bien un profesor y se lo hace saber. No le gusta su chica y hace una cosa delante de todos para cortar con ella sin tapujos. Tiene una mala experiencia con la droga y las deja. Tiene que defender a un compañero y se arma de valor. Todo ello sin que a nadie le importe. Quizá esa sea una de las ventajas de ser un marginado, que a nadie le importe tu personalidad y sin embargo puedas juntarte con otros raritos. Creo que le falta un poco de mala baba, pero eso ya es más cuestión de opiniones.

Sigo pensando que tiene fallos, pero en absoluto es una película indie pretenciosa ni tampoco es nada que los que tuvieron una buena adolescencia no puedan ver. La recomiendo para una tarde de esas en las que no saber qué ver. Como marginado que tuvo que aprender varias veces y por las malas a no ser un capullo incluso con quienes merecían la indiferencia, os recomiendo esta película. No creía que me fuera a gustar. Me alegro de haberme equivocado. Si me equivoco tanto, tal vez debería volver a Instagram… No, de eso nada.

En fin, gracias por leerme, como siempre y hasta otra entrada.