La importancia de los libros divertidos – Manual del Señor Burns para dominar el mundo

Ay de mí. ¿Dónde estará Smithers? Siempre llega antes que yo a la central. Espero que ese pillín no tarde en llegar. A saber en qué estado se encuentra mi trampilla para cadáveres.

Se me están cansando los glúteos de estar sentado en mi silla. Después de todo, ya no soy joven. Ese Smithers sí que sabe masajeármelos bien. Aunque a veces parece emplearse demasiado a fondo en sus tareas masajeatorias. En fin, voy a ver qué están haciendo mis empleados. Espero que estén trabajando duro.

Oh, abominables gandules. Ni uno solo se ha presentado hoy a trabajar. Esos cretinos deben creer que todos los días son San Patricio y ahora mismo estarán empapando sus gaznates con cerveza negra y whiskey en alguna fonda local.

A mis empleados les encanta el bebercio típico de irlandeses lechosos como el que trabajaba en los autos de choque del muelle cuando era crío. Oh, qué siglo tan glorioso. En aquellos tiempos, uno podía ver un corto y tomar el autobús por solo cinco centavos, y le sobraba para tomarse un café.

En fin, voy a llamar a Smithers. Hmm, ¿cómo se utilizaba esta máquina telefónica? ¿Acaso tendré que echarle una moneda? No veo ninguna ranura. A lo mejor por debajo. ¡Por todos los astros! ¡Hay una nota! Y es de mi fiel empleado Smithers. ¿Acaso se habrá atrevido a salir con una mujer, evadiendo sus  responsabilidades? ¿Y ahora con quién juego a lanzarnos billetes de cincuenta dólares? Los de cien los reservo para que la empleada del hogar recoja los excrementos de mis perros.

Estimado señor Burns. Si está leyendo esto es porque ha vuelto a intentar usar el teléfono de su despacho. Ha olvidado que hay un virus chino flotando en el aire y que debemos quedarnos confinados en casa. Haga el favor de volver lo antes posible. Le espero hoy en su mansión. Me quedaré con usted hasta que se solucione este problema. Como la presidenta del país no es Lisa Simpson, me temo que deberemos permanecer encerrados hasta que llegue el verano. Si le apetece un masaje de cerebro o cualquier otro tipo de masaje, será un placer para mí proporcionárselo.

Siempre suyo,

Waylon Smithers

Ah, por todos los diablos. ¡Lo había olvidado! En fin, conduciré hasta mi hogar. Tendré que conformarme con mi mansión, el jardín y el lameculos de mi lacayo. Son tiempos difíciles y hay que hacer sacrificios.

Me pregunto cómo se suministrará de energía a esta ciudad. ¿No se les ocurrirá utilizar energía solar? Después de tantas molestias para bloquear el sol, así me lo agradecieron. Condenados canallas.

Esto no solía ser así en mis tiempos. Oh, no. Si había un estado de alarma, las medicinas tardaban días en llegar, las personas no tenían tantas distracciones como ahora y, ¿por qué no decirlo? Son buenos momentos para estar vivo. Si he burlé a la muerte cuando me disparó un bebé y sobreviví a pasar por el quirófano de ese médico, Riviera, sí, sobreviviré. Estoy hecho un mozo.

Ahora me meteré en mi cápsula, con los pies en alto, apretaré un botón y aterrizaré en mi cálido hogar. Seguro que Smithers tiene ganas de ponerse bolinga y bailar al son de mis palmadas. O tal vez mis monos por fin hayan escrito la mejor novela de la historia. Sería excelente. Sea como fuere, conviene que me quede en casa.

Y así fue como el señor Burns se fue por su izquierda, y nosotros a la m…

Vale, disculpad la tontería. Esta mañana estaba algo afectado por la cuarentena y he releído uno de los libros más divertidos que me han regalado: Manual del Señor Burns para dominar el mundo. Sí, es un libro de Los Simpson, de esos que no dejan de ser un producto más del merchandising de la serie, pero sí reconozco que es desternillante, leerlo con las voces de Burns y Smithers en la cabeza es todavía mejor y la traducción de Francisco Pérez Navarro impecable. Seas o no miembro de Los Canteros, es una buena opción para reír durante estos días de confinamiento. Cálzate tus mocasines saltarines y envía un jamón a la viuda.

Gracias y hasta otra entrada.

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Impresiones finales de «El hombre en el castillo» de Philip K. Dick

En estos días de cuarentena saqué el último libro en formato digital que tenía en mi carpeta: El hombre en el castillo de Philip K. Dick.

Esta es una de esas lecturas con las que unas palabras muy concretas resuenan en mi cabeza: ciencia ficción clásica. Nada de trepidantes aventuras, personajes con los que identificarse y lugares fantásticos en los que desear vivir. No, esto es diferente.

Esperaba una lectura amena, entretenida y emocionante, pero en su lugar me he encontrado con la cruda irrealidad de un futuro ucrónico en el que alemanes y japoneses ganaron la segunda gran guerra, dominan Estados Unidos y la mentira está por todas partes. La sinopsis dice que en esa realidad, las figuritas de Mickey Mouse y las chapas de Coca-Cola son antigüedades, y bien hecho porque buena parte de la novela es eso: conversaciones interminables de japoneses coleccionistas de objetos retro.

Lejos de parecerse a otros clásicos como Rebelión en la granja, Un mundo feliz o Fahrenheit 451, este libro me recuerda muchísimo a Crónicas marcianas, también de Ray Bradbury, en el sentido de que no se puede leer a la ligera porque, de esa manera, el lector no lo va a disfrutar.

Aparte, mientras lo leía, empecé a ver la serie homónima de Amazon Prime Video, pero después de terminar la primera temporada no me han quedado ganas de continuarla. Está bastante bien, sobre todo el aspecto visual, pero funciona mejor como serie para ver mientras haces ejercicio que como algo que verías antes de dormir.

Como si viviera en una ucronía, este libro me hizo sentir incómodo, no me atraía, me parecía soso, repetitivo, intrascendente, lento, vacío; opino que hay muchos protagonistas, luego me empezó a gustar a ratos, y en general he encontrado más problemas que aspectos positivos, hasta que llegué al final.

Solo después de terminarlo, entendí al hombre del castillo, su actitud y todo lo que esconden ambas potencias bajo la alfombra: una desvergüenza del tamaño de Argentina.

Amigo lector, amiga lectora: bien tú sabes que aunque cueste entrar en un clásico, y no siempre gustará el contenido, el hecho de esforzarse por entender una obra casi fundacional hace que merezca la pena. Para que una obra tenga mérito, tiene que ganárselo. Y este libro se lo ganó en 1962. Podría dar muchísimos más detalles, pero es mejor que los descubras por tu cuenta.

No es una lectura fácil, pero si llegas al final, no te va a dejar indiferente, cuando los muros caigan, cuando entiendas la filosofía de vida que llevó a Orwell a apartarse del bullicio y vivir en el campo, a Huxley a soñar con una isla utópica y a Bradbury en crear la sociedad de los libros vivientes.

Como fan del cine de ciencia ficción serio, he disfrutado mucho de películas basadas en relatos del autor, como Blade Runner o Desafío Total. Es una lástima que no se empezase a valorar el talento de este señor hasta poco antes de su muerte. ¿Será este el destino que nos espera a muchos que deseamos ser escritores?

Sueño con ovejas eléctricas que me digan

que no me espera un futuro tan deprimente.

Espero que mis lágrimas se pierdan en la lluvia,

deseo tener una historia tan fascinante

que ni las marcianas de tres tetas pudieran imaginar

y que un anciano en un castillo

se inventase un texto bíblico

que me dejase en mal lugar.

Si ese anciano se fija en mí,

significa que algo grande he podido lograr.

Yo quiero ser una langosta que se posa para nunca más saltar.

Yo quiero ser un ucronista como Philip K. Dick.

Ahora voy a seguir con libros que tenía en mi lista. Libros de Neil Gaiman, Care Santos, Jonas Jonasson, un amigo inglés que hice por Twitter y una amiga española que conocí por Twitter también. Después, vendrá algo aún más gordo.

Un saludo y hasta otra entrada.

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Impresiones de Elantris en mitad del coronavirus

El otro libro que comencé a leer a principios de 2020 fue Elantris, de Brandon Sanderson. Además, fue mi estreno con este afamado y aclamado autor de fantasía. «El dios mormón», dirán algunos. «El sucesor de Tolkien, junto a George R. R. Martin, con la diferencia de que este sí que sigue escribiendo», dirán otros. «El que escribe más rápido de lo que tú y yo leemos, igual que Stephen King», diría alguien más. Y, por último, sus fans dirían «Sus posteriores libros son mucho mejores». Kolo, ya lo sabemos. Lo habéis dicho mil veces. Ya os hemos oído. Lo tendremos en cuenta para cuando comencemos alguna de sus sagas. Callaos ya, sule.

Que me perdonen los seguidores de Brandon, pero alguien tenía que decirlo y mejor que será se lo tomen todo a cachondeo en estos días en los que cundo el pánico.

No sé por qué, pero qué casualidad, la novela se centra en una epidemia, en este caso de la Shaod. Se trata de una especie de lepra, si se me permite la comparación, que afecta a Elantris, una ciudad esplendorosa, rica y toda una potencia para el continente en el que se encuentra, y está regida por un rey autoritario. Los habitantes tienen puestas las esperanzas de cambio en el príncipe Raoden, quien contrae la enfermedad, y acto seguido es expulsado de palacio por su padre y tiene que vivir fuera de las murallas más internas, rodeado de enfermos y pobres.

El caso es que me fascina, me encanta, me vuelve loco e incluso diría que me perturba, que justo me lo haya terminado un día antes de hacer esta reseña. Me lo habían recomendado muchísimo y de veras lo he disfrutado. Ahora me pregunto cuánto ha influido el estado de alarma que ha despertado el coronavirus en mi opinión sobre esta obra.

En condiciones normales, ¿me habría gustado incluso más? ¿Tal vez menos? Imposible saberlo, pero mi intuición me dice que la he disfrutado más debido a la situación crítica por la que atraviesa medio mundo. Claro que mi intuición falla más que una escopeta de feria, así que tampoco le haremos mucho caso.

La cuestión es que si te apetece adentrarte en la literatura de Brandon Sanderson y no sabes por dónde empezar, en el caso de encontrarte en confinamiento, te recomiendo que pruebes con Elantris. Es una obra íntegra, sin segundas partes ni precuelas (salvo un ebook corto que lanzó el autor y hay rumores de secuelas pero no hay fecha confirmada, por ahora), con personajes interesantes, dilemas, frases sensacionales, una mezcla de géneros muy bien llevada y muchas sorpresas como dialectos y un glosario para entender mejor ciertas palabras.

Seguramente cuando empieces la novela tendrás una opinión bien formada sobre algunos personajes y cuando acabes de leerla tu opinión haya cambiado. Me ha ocurrido y me encanta.

Así mismo, me gustaría citar otras obras relacionadas con enfermedades pandémicas, pero por desgracia no he leído muchas. El ensayo sobre la ceguera de Saramago (muy recomendable también) y poco más. Si tienes alguna recomendación, no dudes en decírmelo por alguna de mis redes sociales o en un comentario en el blog.

Con poco más que añadir, me retiro a seguir leyendo y viendo películas y series desde la comodidad de una silla nueva. Me llegó hace más de una semana, antes de que cerraran todo. Menos mal que la pedí con tiempo.

Si os animáis con Elantris, os recomiendo que busquéis la edición de Ediciones B, traducida por Rafael Marín Trechera y que incluye un prólogo muy interesante de cómo llegó la obra de Sanderson a España escrito por Miquel Barceló.

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«La calle de las mentiras» de Miguel de Lys — El invierno que leí el libro de un youtuber

Estos días en los que la gente actúa como pollo sin cabeza a causa del pánico desatado por un virus que se ha expandido desde tierras chinas es un buen momento para quedarse en casa y aprovechar para ponerse al día con algunas lecturas, en lugar de salir de fiesta, a manifestarse, a un mitin político o a decir por la tele que no hay ninguna emergencia, como hacen muchas personas irresponsables de pensamientos muy distintos pero igualmente cegadas por sus fanatismos o sus irresponsabilidades.

Por cierto, si estás leyendo esto en el futuro y te he hecho recordar aquellos primeros meses de 2020, cuéntame cómo lo viviste. ¿En tu entorno la gente actuaba con cabeza o fueron unos alarmistas? A lo mejor tendrías que elegir mejor tus compañías.

Sea como fuere, he aprovechado para terminar una novela que había empezado allá por navidades y que tenía como lectura casual para leer unas pocas páginas cada noche antes de dormir. Durante unos días lo dejé aparcado, pero ya lo he terminado.

No quiero destriparlo, así que no habrá spoilers, aunque a estas alturas intuyo que todo el que lea esta entrada ya habrá leído este libro. Así que tómate esto como un recordatorio de uno de esos libros que, sí, lo ha escrito un youtuber, pero también lo ha escrito un periodista, un friki de la historia y de la literatura, un políglota, un metalero y un tipo que, en particular, me cae simpático y me hace mucha gracia su forma de hablar, pues introduce chistes que ya te esperas y aun así me hace reír. Eso y que es uno de los poquísimos youtubers que responde las tonterías que le dedico por redes sociales.

El caso es que en cuanto supe que Miguel había escrito un libro, lo apunté en mi lista y me alegro mucho de haberlo leído. No solo porque la historia es un tema que me interesa y que nunca se me ha dado demasiado bien, sino porque la Segunda Guerra Mundial es un conflicto explotadísimo por la cultura popular. Creo que hay un libro, película, cómic, videojuego o lo que sea relacionado con la segunda gran guerra por cada bomba que estalló en el conflicto, y quizá me esté quedando corto.

Respecto a obras ambientadas en ese hecho histórico y que mantengan un tono humorístico conozco muy pocas. Parece una gilipollez, pero no es fácil hacer chistes o crear situaciones cómicas en ese escenario. El nacionalsocialismo es una de las ideologías más condenables de la historia, sus enemigos tampoco eran ningunos angelitos, y mientras odiar a los nazis es muy fácil, reírse de ellos sin caer en frivolidades es más complicado que encontrar una neurona en la cabeza de los tíos noruegos que intentaron robar la puerta original del memorial de Dachau, cerca de Múnich, en la que decía arbeit macht frei (el trabajo os hará libres). Disculpad, el verano pasado estuve en Baviera y recomiendo encarecidamente la visita al memorial.

Lo cual me lleva de vuelta al tema de la concepción del nazismo en la actualidad. Hoy en día hay quien llama «nazi» a cualquiera que piense diferente o que tenga una actitud férrea o exigente. En serio, he oído decir a personas bastante…, ¿cómo decirlo? Peculiares. He oído a personas bastante peculiares decir que tal profesor suyo era muy nazi porque le obligaba que esforzarse mínimamente para aprobar su asignatura, que tal jefe era un nazi porque no toleraba la impuntualidad injustificada, y una simple búsqueda por internet conduce a encontrar comentarios muy patéticos. Si esas personas supieran algo más de historia, quizá no hablarían tan a la ligera. Lejos de dejar en mal lugar esa nefasta ideología, con su desinformación consiguen restarle importancia a lo que hicieron los seguidores de Hitler o Mussolini y relativizar la exaltación del nacionalsocialismo, hasta tal punto que la palabra «nazi» está perdiendo su significado hoy en día por culpa de personas que la utilizan como palabra comodín, sobre todo por parte de personas más interesadas en decir que una cosa está mal que en explicar por qué dicha cosa está mal.

Por eso considero que la documentación previa a la creación de una obra como esta es vital, para no caer en frivolidades o torpezas, errores históricos o mentiras como que no hubo dictadores más sanguinarios que el austriaco del bigotito. En definitiva, que dejemos las mentiras para los personajes como los vecinos de la calle Alder.

Moralinas aparte, se nota el trabajo de investigación realizado por Miguel de Lys, pero tampoco es una obra densa que comete el error de ser demasiado inaccesible para el gran público. La calle de las mentiras no es una obra complicada de leer. Al contrario, es amena, es esperanzadora, divertida, triste, trágica e incluso terrorífica, todo a la vez. Si tuviera que quedarme con un solo adjetivo diría que es satírica.

A fin de cuentas, el conflicto afectó a miles de personas que no estaban de acuerdo con la guerra, como queda reflejado por los habitantes de la calle Alder, en un pueblo del sur de Alemania. Todos ellos se mienten unos a otros para que parezca que están de acuerdo con el régimen nazi, y a la vez todos esconden refugiados en sus sótanos. Contiene aventuras de muchos tipos, tensión y lo más importante: humanidad. Y es ahí donde radica su genialidad, en mi opinión. Consigue que lo que le pase a todos y cada uno de los personajes te importe, en lugar de presentar a personajes simples en un marco vacío y soso donde los nazis son todo maldad y las víctimas todo pulcritud. Es un tratamiento que me parece muy original, a pesar de que no es del todo una novedad. Corre a por tu sello de aprobación popular, tarugo.

Con tantas obras sobre el conflicto, es difícil que una nueva llegue a destacar. Este libro, sin embargo, aparte de lo que ya he comentado, destaca por satirizar el nazismo mediante los actos y pensamientos de los vecinos del pueblo, deja espacio para criticar otros países e ideologías, presenta una historia que podría haber ocurrido perfectamente y la humanidad de sus personajes coronan la novela. Tal como El Gran Dictador de Chaplin o La vida es bella de Benigni, es difícil no terminar con buen sabor de boca tras caer el telón.

Hace unos años, en un largo trayecto en tren, leí La traidora de Gudrun Pausewang, acerca de la amistad entre una niña alemana y un ciudadano ruso en los últimos años de la guerra. A pesar de su final trágico y desgarrador, es una buena lectura para esos días que parecen no acabar nunca y una historia conmovedora sobre la amistad. De igual manera, La calle de las mentiras transmite esa misma sensación cálida en las últimas páginas, después de muchas situaciones desternillantes que nos preparan para un final esperado, pero que aún así quieres que llegue.

Esta obra consigue ser graciosa sin ser frívola, ser crítica sin recurrir a sermones, entretener sin aburrir pero que se disfruta en pequeñas dosis. Con ella se puede aprender historia sin dejar de ser una lectura ligera y amena, se pueden aprender valores y abrir un poco la mente. Entender que hubo quienes creyeron que estaban haciendo algo bueno, quienes fueron cegados por el nacionalismo y la propaganda, quienes siguen hoy en día defendiendo a países y figuras políticas, que si hubieran vivido en esa época seguramente habrían muerto en una guerra por haber defendido a un megalómano que no los conocía ni les importaba.

En fin, voy a cerrar esta entrada ya, porque estoy empezando a sermonear.

Si te gusta la historia y las sátiras, te recomiendo este libro. Es muy barato y te hará disfrutar durante muchas horas. Yo lo compré por 3 euros en formato digital, el papel higiénico es más caro, que lo sepas.

Si conoces a alguien que siga pensando que los nazis no eran tan malos o que te llama «nazi» cada vez que no estás de acuerdo con lo que dice, recomiéndale este libro. Tal vez entienda mejor el contexto y abandone ese hábito propio de encefalogramas planos.

Y si tienes un refugiado en el sótano de tu casa porque ha estallado un régimen totalitario en tu país o porque se ha sucumbido ante el alarmismo provocado por el coronavirus, pues regálaselo, junto con muchas otras lecturas porque nunca se sabe cuándo va a terminar una plaga.

Muchas gracias por llegar hasta aquí y si te ha gustado, puedes compartir mi blog o qué sé yo, haz lo que sea, pero con cabeza. Ir a comprar montones de papel higiénico no te va a ayudar en nada. Que el coronavirus no provoca cagalera.

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Acerca de Parasite…

En febrero de 2020, tras la ceremonia de los Óscar, fui al cine a ver Parásitos, la película coreana de Bong Joon-ho que estuvo en boca todos durante unas semanas. A partir de ahí, he sacado unas cuantas conclusiones sobre la película, los premios, el cine actual, la eterna y absurda guerra entre los talibanes del doblaje y los talibanes de los subtítulos, y quizá algo más.

Empecemos por lo básico. La película me ha gustado mucho. Me alegro de que haya sido así, pues rara vez piso el cine y por desgracia a menudo me encuentro con películas decepcionantes. Este año, sin ir más lejos, Toy Story 4 me apreció innecesaria, olvidable y la peor de la saga con mucha diferencia, aunque tampoco es mala del todo; y Ad Astra, me mantuvo aburrido durante casi dos horas.

En el caso de Parásitos, tras el oleaje de alabanzas por parte de la crítica y las academias de cine, supe que la cinta coreana sería o bien oro o bien mugre, pero nunca un término medio. Para gozo de mis sentidos, resultó ser una película entretenida, con una historia bien contada y que consiguió que los personajes me importaran hasta el final. Es de lo mejor que he visto en el cine últimamente. Esta y 1917, otro peliculón.

Respecto a los premios, hace años que dejé de darles la importancia que, considero, hace mucho tiempo que no merecen. Solo porque un grupo de cineastas decida que tal o cual película se va a llevar un premio, la cinta no va a ser ni mejor ni peor. Está claro que en Hollywood los más grandes se conocen entre sí y se votan unos a otros, empujados por el amiguismo y las emociones.

Por lo general, la película ganadora es un drama protagonizado por una persona oprimida y con final trágico. Por eso me alegro de que se alejen de ese molde y den paso a películas más interesantes pero que, de otro modo, pasarían desapercibidas porque no son la misma historia de amor de siempre.

En general, creo que la gente le da más importancia a estos premios de la que tienen en realidad, como ya he dicho. Es como si necesitasen que alguna autoridad les dijese qué películas son buenas. Aunque también es posible que si les ha gustado una película y esta se lleva una estatuilla, utilicen el premio como argumento irrefutable de que tienen buen gusto. Este tipo de persona obsesionada, superficial y que abunda en redes sociales, cansa casi tanto como los fans de OT.

Ni miro la ceremonia, ni hago porras, por mucho que me insistan. Solo miro los resultados unos días más tarde por mera curiosidad y al rato se me olvidan, a menos que haya alguna película destacable bajo mi punto de vista entre las ganadoras.

Sobre el cine de Corea del sur no voy a hablar porque creo que esta es la primera película coreana que veo en mi vida. Quizá haya fanáticos del cine de ese país diciendo que hay obras maestras, pero no confío en fanáticos porque sé que todo el mundo tiene algún gusto en particular que no es muy popular y que no tengo por qué compartir. Quien insiste en un monotema tiende a exagerar sus emociones. ¿Acaso verían ellos una película de René Laroux si se la recomendase con tanta vehemencia?

No lo sé. Es posible que haya llegado el momento de ver más cine coreano. Por lo menos de este director.

Entre subtítulos o doblaje yo siempre elegiré la libertad de escoger en cada caso y cada momento el formato  que me apetezca. Vi la película doblada, en el cine al que voy solo proyectan películas en versión original un día entre semana y a unas horas a las que yo estoy trabajando. En mi opinión tiene un doblaje más que aceptable, y hay una razón que los respalda: lo dirige Jordi Brau. Ese hombre es un maestro del doblaje y, como dice su personaje Forrest Gump, «la vida es como una caja de bombones». En este caso, me tocó uno de chocolate puro. Tal vez, si la vuelvo a ver, la busque en coreano. Si quieres guerra, ve a Oriente Medio, que ahí siempre hay un conflicto. O a la frontera de las dos coreas, ya verás…

Para terminar, creo que a veces a los cineastas se les va de las manos con las películas largas, de tres horas o más. Sí, hay cintas que me gustan y que duran sus buenas tres horas. Algunos ejemplos son: El padrino 1 y 2, la trilogía de El señor de los anillos, o Ben-hur. Pero también creo que Bailando con lobos fue demasiado larga y que no me entusiasma mucho ver otras películas extensas. Aunque mis gustos cambian a menudo, así que nunca se sabe.

Eso es todo y ve a ver Parásitos.

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«Eso no estaba en mi libro de historia de España» de Francisco García del Junco — Un libro ameno para aprender historia

Si tuviera que elegir una asignatura que en el instituto me costaba aprobar, a pesar del interés y esfuerzo que ponía por mi parte, esa es historia. Aprobaba con notas justas y la forma de enseñar de los profesores, en lugar de alentarme a mejorar, consiguió el efecto contrario. Detesté la asignatura de historia, geografía y ciencias sociales hasta que llegué a la universidad.

Sin embargo, fuera del aula, cuando hablaba de historia con compañeros y familiares, más o menos me defendía y podía mantener una conversación sin perder el hilo de la misma. Todo estaba bien, hasta que volvía a clase. Allí me sentía como un inculto que jamás aprendería historia y que sería un don nadie y todos esos pensamientos que puede tener un adolescente deprimido.

Algo que me molestaba, y me molesta, es que en clase de historia nos enseñaban solo una parte de la historia: la política. Había que memorizar fechas, nombres, épocas y sucesos que rara vez se explicaban de forma que no nos aburriéramos y perdiésemos el interés, así como rellenar muchas hojas en los exámenes que el profesor no siempre se leía, pues compañeros míos abultaban el examen con una anécdota sobre su desayuno de esa mañana y sacaban notables por haber rellenado diez páginas.

Estudiar solo la historia de la política se me hacía tedioso, por no decir cuestionable. Recuerdo que las clases solían consistir en oír sobre qué rey vivió en tal fecha, qué hizo y cómo murió, revoluciones, golpes de estado, estratos sociales, marcos ideológicos vagamente definidos y, respecto a la historia reciente, glorificar a la izquierda y demonizar a la derecha. Porque sí, los profesores que me tocaron solían explicar la historia desde su punto de vista ideológico, algo que me incomodaba y que no compartía, a pesar de que también me consideraba de izquierdas. ¿Tan difícil era que nos enseñaran historia sin introducirnos ideologías políticas? Ahora con la madurez entiendo por qué los gobiernos permiten que en la escuela pública se enseñe la historia que le interesa y de la forma que les interesa: para captar voto joven desde bien temprano.

En fin, supongo que el estado anímico también influyó. A fin de cuentas, no se pueden explicar años de historia en poco tiempo. Al final, si queremos aprender de verdad, tenemos que poner de nuestra parte. Y para ello, en el caso de querer aprender historia, tenemos documentales, tenemos entretenimiento (juegos de mesa y videojuegos), tenemos canales de YouTube y, por supuesto, tenemos libros divulgativos para que la cultura llegue a todo el mundo independientemente de su nivel de conocimientos. Estoy seguro de que si me hubieran hecho estudiar la historia de una manera más amena, habría aprendido más y no habría sufrido tanto. De hecho, eso ya me ocurrió en el instituto.

En latín, en historia del arte, teníamos que aprender algo de contexto histórico para, valga la redundancia, contextualizar sobre lo que tuviéramos que exponer en los exámenes. Ahí no lo pasaba nada mal, aprendía más y sacaba mejores notas. No es más que una anécdota, pero como esta hay muchas otras por parte de más personas que tampoco lo pasaron bien teniendo que estudiar mucho contenido para finalmente vomitar páginas y páginas en un examen para después olvidar todo lo que se había estudiado.

Por el contrario, los compañeros a los que sí les gustaba la historia aprendían por su cuenta. Eran pocos en mi promoción. Tan solo dos alumnos hicieron el examen de historia en selectividad, ya que en esa época era optativo. Imaginaos.

Aprender historia fue una tarea pendiente desde entonces. Gracias al libro de Francisco García del Junco, no solo he podido aprender detalles sobre la historia de España que desconocía, sino que he profundizado sobre otros de los que sabía algo, y finalmente entendí que la historia se manipula para que aprendamos lo que nos interesa. Ocurre en las democracias, ocurre en las dictaduras y por supuesto ocurrió en tiempos de grandes imperios.

Gracias a este libro he aprendido que los vikingos llegaron hasta Sevilla por el Guadalquivir; que se firmó un tratado de paz en los Pirineos en el que España y Francia tenían que intercambiar tres vacas cada año; que antes de Darwin, Malaspina ya hizo un viaje con fines científicos, no tan significativo pero si muy interesante; que los españoles llegaron a las fuentes del Nilo y numerosas islas del Pacífico antes que otros imperios europeos; que la primera expedición filantrópica para vacunar enfermos fue española; que la parte de Estados Unidos que perteneció a México hasta 1868 perteneció a España desde su colonización hasta la independencia de los Estados Mexicanos; que hubo una divisa internacional Made in Spain; que la Inquisición no fue tan sanguinaria y cruenta como la cuentan; que la conquista y colonización de América fue sobre todo evangelización y que no hubo un genocidio, aunque sí traiciones y tropelías deleznables bastante más comedidas que las perpetradas por Holanda e Inglaterra; y que este último país todavía no quiere reconocer la derrota de su marina ante un manco, cojo, tuerto y envejecido Blas de Lezo en 1741.

Nada de eso estaba en mi libro de historia de España. Me alegro de haber comprado este libro de no-ficción y poder decir que todo aquello que sí estaba en mi libro de historia habría que cogerlo con pinzas, cuestionarlo y verificar las fuentes, que en este libro sobran.

A veces los seres humanos nos relajamos y nos quedamos con la primera versión de los hechos que nos cuentan. Deberíamos responder y cuestionarnos más las cosas. Este libro lo descubrí gracias a una seguidora, quien también gusta de aprender y de desconfiar de lo que nos diga la enseñanza de papá Estado.

Es por eso que recomiendo encarecidamente a todas las personas que quieran saber más sobre historia o cualquier otra materia a que busquen otras fuentes, incluso aquellas con las que no estén de acuerdo, aunque solo sea para reafirmar su opinión. Y la editorial Almuzara tiene toda una colección de libros divulgativos sobre medicina, guerras, música, filosofía, trenes, circo, videojuegos, gastronomía… casi de todo, que espero que sean tan instructivos y amenos como este (no me pagan por hacerles publicidad pero lo haría de muy buena gana).

Poco más que añadir. Me despido tras una agradable lectura y animo a quien lea esta entrada a cuestionarse las cosas y a aprender sobre aquello que más les gusta o que la enseñanza les hizo detestar.

Gracias y hasta otra entrada.

 

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Gracias por fumar – Una lección sobre responsabilidad

Esta noche me apetece hablar de una película que vi hace unos cuantos días y que me ha arañado las neuronas, me ha sorprendido y cuyo mensaje sigue siendo fresco, pues incluso si el contexto que presenta quedase obsoleto y anacrónico en el futuro, el hecho de tratar sobre uno de los valores que nos hace humanos, la responsabilidad, la convierte en una película atemporal.

Os hablo de Gracias por fumar, una cinta de 2005 con apariencia documental sobre el trabajo de Nick Naylor, el responsable de prensa de la Academia de Estudios Tabacaleros, un organismo que busca defender los intereses de las compañías tabacaleras.

Como dice el propio Nick Naylor: «Pocas personas en este planeta saben lo que es que te desprecien de verdad». No es para menos, el tabaco es un producto cuyo consumo es perjudicial tanto para los fumadores como para quienes les rodean. Lo sé, no he descubierto la rueda. Yo mismo detesto el humo del tabaco, hasta tal punto que si hay gente fumando cerca de mí, me aparto o me tapo la boca y la nariz con un pañuelo. Es por eso que en invierno uso un buf. Me quita el frío y me protege de un problema que me da mucho asco. No es por falta de educación, no puedo evitar que me piquen los ojos si hay mucho humo cerca o si el fumador de turno es incapaz de expulsar el humo hacia otra parte. No he fumado en mi vida ni pienso empezar. La verdad es que me alegro de que prohibieran fumar en espacios cerrados. Así que esta película tenía todos los números para no gustarme.

El protagonista es el estereotipo del triunfador que siempre sabe dar una buena imagen de sí mismo. Él mira por su negocio y por su familia. En su trabajo habla mucho, algo que le encanta, y además se reúne con otros jefes de prensa y miembros de grupos de presión que defienden otros elementos dañinos para la sociedad: comida basura, alcohol y demás.

No obstante, Nick Naylor sabe ver las cosas de otra manera. Él apela a la responsabilidad de las personas. Si se les enseña en casa y el colegio que el tabaco es malo, de mayores podrán decidir no probarlo. Si lo prohíben, lo hacen más atractivo para los jóvenes, que son rebeldes por naturaleza. A fin de cuentas, hasta los fumadores más empedernidos reconocen que su vicio es perjudicial.

Recuerdo que cuando era pequeño y le preguntaba a un familiar que fumaba o que era exfumador por qué fumaban, siempre me decían que ni se me ocurriera probarlo, que era horrible y que me haría daño. Me han ofrecido tabaco y porros muchas veces, porque la primera siempre es gratis. Qué poco cuesta ser irresponsable, ¿no creéis?

¿Tú fumas? No te juzgo si lo haces. Ni te diré que lo dejes. Eres una persona adulta. Tú sabrás si merece la pena. Tú sabes que fumar es malo, igual que Nick Naylor, quien, por cierto, sufrirá un percance del que no puedo decir nada para no destriparos la experiencia.

La cuestión es que queda claro que Nick Naylor tiene muchos enemigos. Entre ellos destacaríamos las asociaciones en contra del tabaco, en pro de personas con cáncer, y en definitiva personas que tienen empleo indirectamente gracias al tabaco. Ellos tienen motivos para estar en contra de los cigarrillos y querer que se prohíban en más sitios. De hecho, ya han prohibido que salgan en el cine de mayor alcance, o que al menos solo fumen los villanos, como medida para defender la idea de que el tabaco está relacionado con el mal y que representa algo malo. Sin embargo, no todos los adalides de la lucha antitabaco tienen buenas intenciones. Los hay oportunistas.

Pensadlo. Si nadie fumase, ¿qué motivos tendrían esas personas para pedir a la administración pública fondos para luchar contra el tabaco? Exacto, perderían el empleo. Tendrían que buscarse otro enemigo contra el que luchar, no con el fin de combatirlo, sino con el fin de vivir del estado sin pasar por un examen de funcionariado. ¿Les interesa realmente que no fumes?

De este modo, existen múltiples asociaciones contra productos dañinos y sin embargo el número de consumidores no decae. ¿Por qué será que no se dan cuenta de que sus métodos no funcionan? Pensando mal, podríamos concluir que las personas que viven del antitabaquismo saben que con su lucha no consiguen que se reduzca el número de fumadores, pero callan para seguir chupando del bote. No digo que sea así, pero es una posibilidad interesante.

Gracias por fumar es una película que merece la pena ver al menos una vez en la vida. Una excelente lección de cómo no luchar contra lo que daña la salud de la sociedad, sobre saber responder a quienes afirman sin pruebas ni escrúpulos que tal o cual cosa es mala, por mucha razón que lleven, y que además muestra que hay muchos peligros más ahí fuera, algunos incluso peores, pero como no son un tema tabú, no hay lobbies viviendo de defenderlos y atacarlos.

Nick Naylor no es perfecto, pero al menos intenta ser coherente y enseñarle valores a su hijo, como el valor de poder decidir si quieres o no empezar o dejar de fumar. Tal vez no sea el mejor ejemplo, pero trata de prohibir el tabaco y la próxima generación sabrá lo que es un pulmón sano porque lo ha visto en fotos.

Gracias por leerme, hasta otra entrada y te recomiendo mucho Gracias por fumar, pero no te recomiendo fumar. Es asqueroso.

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